Me encantaría probar la vida en otra parte. Dejar las veredas pavimentadas y los parques con maicillo, las bocinas, los relojes, las luces, el smog y las oficinas de Santiago y cambiarlas por el silencio y las estrellas de casi cualquier otra ciudad de Chile. Me encantaría vivir bien al sur y envolverme en chalecos de lana frente a una chimenea, o bien al norte, cerca del desierto, y enamorarme de todos los días llenos de sol. Y eso que siempre me gustó mi ciudad. Me gustaban los edificios altos y los semáforos, y la gente. Me gustaba Plaza Italia, el parque Forestal, el paseo Huérfanos, Patronato, el Bellas Artes, República y Providencia. Me gustaban las calles llenas, las micros amarillas, los pokemones que hacen fila afuera de los canales de televisión. Me gustaban también las cámaras y las luces, el ruido, los eventos, el glamour.
Pero ya no. Ahora lo que me gusta es el silencio, la calma, la paz. Me gusta llegar a la casa de Jorge y ponerme pantuflas y ver con él programas malos en la tele. Me gusta caminar sin rumbo, escuchar la lluvia, dejar que el tiempo pase. Creo que Santiago ya no es mi ciudad.
Como siempre, todo queda en manos del universo.
Será cuando tenga que ser.

